sábado 22 de marzo de 2008

André Cruchaga



André Cruchaga

Con ese afán de quitarle al viento las palabras
A.C
Victor Bustamante

Si hay una palabra que esté impregnada en la poesía de André Cruchaga, es la palabra libertad, libertad creadora, que se deshace en su universo poético. En él las palabras vuelan, horadan, adquieren otro significado: la pureza de su poesía. Lo fugitivo del tiempo él lo atrapa en una mirada. Lo absorbe la parvedad de los momentos, el instante de luz que define el contorno de los objetos y el cuerpo tomado cuando el alba sorprende in fraganti en esa vasta recuperación del deseo que en realidad es quien posee al poeta pero que después en la noche adquiere otras definiciones, lampos de luz y callada angustia, angustioso silencio que emerge de sus palabras para rescatar y encantar la existencia, su existencia que todo lo que toca lo tiene que definir con su poesía. “Hay tanto martirio en mi naturaleza” nos dice el poeta antes de emigrar a su interior a hacer presencia ese momento; sus palabras, palabra pura en su inocencia, -que es el acto intimo y creador- nos traen su poesía de fuego, asombro.
Su poesía está suspendida entre dos polos: las palabras que expresan lo inexpresado y su sentimiento creativo que batalla contra el tiempo, ese depredador.

......
Estación del fuego


Si fuego fuera yo, ardería el mundo;”…
Cecco Angiolieri:
Si fuego fuera yo, ardería el mundo.

XI
Pensar en todo este silencio.
Escuchar conmigo la idea
Del silencio ensordecido
Y fatigado, frío, oscuro.
Vieja compañía de mi estertor
Desordenado y callado
Como el ojo que está allí
Y apenas mira y copia el horizonte.
Este tiene una cabellera espesa
Y brazos de aquietado viento:
Sé bien, −le digo−: corteza, espiga;
Sustantivo inocente del respiro,
De cuanto horada mi presente:
Efusión embriagante que me arrebata:
Mar que inventa secretamente todas las voces.

XII
El tiempo nos trae melancolía
En la espuma de sus arneses;
Y aunque se desvanece
Como la brasa en la intemperie,
Está allí −mariposa o hierro−
Estrujando el hálito de los sueños.

A veces trae alas de libertad.

A veces moja la pupila con la herrumbre
De la muerte en las gargantas.

Sus alas tienen los mil puntos de la geografía:
Playas, rostros y el incienso de las mañanas
que se expanden cuando el sol
sacude su enorme cuerpo de gigante.

Por eso el tiempo escapa a mi humana presencia
Y se torna −impacientada ventana−
en ese fantasma eterno de la espuma.

XIII
Algo pasa en el mar.
El mar en llamas en mis ojos.
El mar que pasa
Y pende de mis pupilas.
Mar con sombrero de espumas.
Mar con nubes gritándole
A la neblina, a la angustia,
A los sueños. Mar, simplemente.
Mar vestido de trinchera...

XIV
“los días(...) royendo están los años”
Góngora.

Los días. Los años. Gimen. Cantan.
Bosque de piedras negras o calizas.
¡Qué soledad de acequias y estiajes!
Mis pupilas deambulan
Mientras el tiempo queda
En el eco de su propio espejo.
Sé que todo lo humano se deshace
Y pasa como el viento.
El pensamiento, sin embargo,
Permanece −hoguera en el bosque−
más allá de las breves horas
del día, de la noche.
Sí. Permanece: vívido esplendor de ala que habita. Refleja.
Del día emergió, mi destino. Lo sabemos.
Pero el tiempo sólo es reflejo
De lo que las almas se atreven. Lo sé.
Mirto su esencia fugitiva.

XV
La puerta está abierta.
Veo caer el cielo en el silencio
De losas frías y suspendidas
En la órbita inequívoca
De ese bendito reloj que descarga
Su latido en mis sienes dilatadas.
Hace falta luz en mis ojos y alma:
Paz para mi espíritu contrito.
Y si no ved: noche, tarde y mañana
Tórnanse túnicas imprevisibles
Como una ola de devorante mudez.

XVI
Pinares en la intemperie de la noche.
Vegetación abismal. Penumbrosa.
Oscura perfección desolada
Que emerge del vacío roto,
Que emerge de los límites del ardor.
Pinares donde pulsa la constelación del pensamiento
Como el violín móvil del viento
Y el zumbido roto de los abrazos del mar.
Noche recurrente de la vida en los sueños
Ésta que el cuerpo siente y la absorbe.
Duermo, no. Deambulo con mi fardo de angustias
Por ese callejón que precipitan mar y viento:
La memoria que desvive. Que vive.
Que vacila. Piensa. Que germina
En los labios oscuros de las hojas
Y el asedio del profundo infinito
Cayendo en la pesadez del granito...

XVII
Hay sombras abrazadas en el pálpito
De la noche. Luciérnagas centellantes
Desde el fondo de la tierra,
Atrozmente vulnerables por mi vaho
De secas aguas desnudando losas.
Honda noche. Hondo claustro
Donde las acequias del tiempo,
Le quitan los calcetines al sol
Para escribir decalzo en el ojo del pájaro,
O en la pupila del aire que sueña libremente,
O en el aliento receptivo del espejo.
Sin duda yo heredé lo invisible del mundo,
Los pétalos del sueño
Y una leve sonrisa, remendada,
Que tañe más que de sosiego,
De herrumbre y duda y sepultura
Este cuerpo en que nazco cada día.

XVIII
La palidez del tiempo
Parece una túnica de sombras
Habitada por la subversiva
Sinfonía de todo este silencio
Que me habita con sus voces.
A veces, tiempo y silencio:
(pétreas velas en la garganta)
horadan el pensamiento.
Mas, a ratos, son compañía
En mi alforja de anhelantes pañuelos.
A veces el ansia es grande;
y sin embargo se cierran los caminos.
A veces la vida nos dá una risa burlona,
Desdeñosa y falaz. La aceptamos. La desafiamos.
Así vivo. Aquí o allá. Animal de tierra o del aire.
Mientras el alma se desnuda, el alma −mi alma en desasosiego−,
Es una pluma delirante
En las acrobacias que dibujan las garzas.

XIX
Se abre el día −ventana augural para las faenas−;
Escucho su martillar
Y su cauce de tierra blanca,
En el horizonte −pulso ardoroso del interior
Emerge con estrépito.

Sale el día. Cae como alguien que llama a la puerta;
Y luego, silenciosamente, se retira.

Ráfagas de sol. Naufragan mis ojos.
Mientras, el vientecillo helado de la mañana
−pájaro germinando−
pone sus alas en la transparencia de mis sienes.

XX
Ahora la luz tiene nombre
Y se alza en mis párpados;
La luz tiene memoria:
En mí sangra el tiempo;
Ahora la luz es perpetua:
Hermosa humedad del espíritu.
Ahora la luz son mis ojos:
Casa total de las policromías.
Ahora la luz se construye
−más allá del golpe o el pulso−
con la audacia del silencio y el asombro.